lunes, 30 de julio de 2012

Guaraní

Sentir que tu América Latina aún adolece, más cuando dos mil años le han pasado por encima. 

        Tomé un puñado de tierra, la estrujé en mi mano mientras lentamente se desvanecía nuevamente a su origen. El sol nos martillaba la espalda, mas no era tiempo de preocuparnos, queríamos sentirnos. Queríamos mirarnos. Hubo un silencio mientras nos abrazaba la tarde, el soplido del viento traía un mensaje: "Mi pueblo no cae" decía, "Mis heridas no sangran".
        El temor inconmensurable de ser víctima ante la nueva cultura, fue tal  vez la mentira más grande que nos dejó la evolución humana. Yo estaba allí frente a un igual; carnes, huesos, sangre, "alma". Yo había estado de pié y sentado junto a mí mismo, frente a un yo que pese a la lejanía podía verme realmente. Ellos eran la expresión de un lengua que debía ser oída, era la expresión de la tradición y verdad, ellos eran puros en su entera existencia, no hay más sueños, no hay más ambiciones, no hay deseos. Ellos eran el grito de la consciencia ancestral, anulada por la mutilante ignorancia, una que vino en nombre de una escusa a violar mujeres y corromper los corazones  del hombre. Ellos que fueron un nosotros en la lejanía y hoy les miramos con ojos lastimeros, pidiendo al mismo Dios con vehemencia su ayuda, pidiendo a quién en su propio nombre se ensució.

          Me obligué durante mi estadía a tragar el amargo desengaño, la pobreza no estaba en ninguno de ellos, sino en mí. Les obligábamos a seguir al blanco, casi destiñéndoles, ofreciendo su palabra, la letra, sus inventos y su mierda (política). Les impusimos una vida cómoda, como si realmente ellos la necesitaran. Quieren sus tierras, quieren su cultura y sus ancestros devuelta, quieren al blanco, sus caballos y su pólvora volviéndose en el tiempo, quieren su tierra libre de nuestra peste. Quinientos años siendo asediados por la muerte blanca, que trajo, progreso, comunidad, enfermedad y dinero. 
  
     No aguanto en mi pecho como se estruja la impotencia, los miramos con desdén y les rezamos para que crezcan. Pedimos a Dios por sus necesidades, aquellas que propiamente inventamos y luego llevamos nuestra existencia  hacia una vacía oración inconexa: Dale Cristo amparo al pobre, dale cobijo y abrigo...permitenos llevarles alimentos y hacer su vida mejor. Mi alma escoce, lacerada por esta porquería, les quitamos todo y ahora se lo traemos de vuelta, con la mirada noble del que cambia el mundo, con el corazón henchido de quién fabrica un nicho edénico. Ellos solo nos devuelven una sonrisa, perdonando  el dolor que hace años les causamos y diciendo...sigan así tal vez en quinientos años logran entenderlo, quizás en dos mil años seamos iguales.

Ambyasy, jasy. 
Ysoindy ojepokapáva okúi. 
Ñande yvy jeko ijaku'ipáta 
Opáta 
ha nde imemby, máva jyváreiko rejeréta?


(Yo sufro, luna.
La luciérnaga se retuerce y cae.
Dicen que nuestra tierra se hará polvo,
se acabará,
y tú, su hija, ¿del brazo de quién volverás?)

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