martes, 18 de enero de 2011

Ella se sacudió las rodillas y volvió a caminar, se levantó como en una fracción de segundo, como si antes de tocar suelo se estuviese alzando. Ella lloraba desconsolada frente a grandes cantidades de público, me gritaba para que la gente viera el mal hombre que podía llegar a ser uno como yo. Sacaba los cuchillos y se los tiraba a los pies, en ocasiones atinaba y su sangre aumentaba la atención del púlpito. Se estrujaba la ropa, sacaba las lágrimas en botellas y les ponía precio por litro. Vomitaba cada que lloraba, y las larvas de su bilis formaban corazones rotos.
Tan solo dos años para decir, puede que tengas razón y regresar con esa sonrisa que podía incluso cambiar el spin de un átomo cualquiera. Las perlas tras sus labios abriendo, relucen o al menos entonces lo hacían, daba para pensar que mercurio se destruiría. Per o ese temperamento más inestable que una muestra de uranio, estremecía incluso a Margaret Thatcher. Entonces los ojos, eso ojos turquesa medio raro pedían mi sangre, entera. Quizá era la obsesión con los vástagos chupa sangre o el Sethismo que había comenzado a cultivar, pero de cualquier forma, reflejaban sus manos en torno a mi cuello estrangulando cada palabra que esta pronta a salir.
Tres años entonces y los síntomas de la abstinencia, como si hubiesen pasado solo horas, un aroma a carne fresca emanaba en cada pausa, un temblor en mi mano que deseaba explorar bajo su blusa, una música de película (aqualung - brighter tan sunshine) y el suero del sol humectando mi cuerpo. La meditación y el autocontrol me ayudaron un montón, en momento sobre todo de tentación. Pero ella mordía la comisura de sus carnes orales y miraba con los parpados caídos como vestidos de can-can, todo ello esperando que mi atención fuere sobre sus senos y los apretara con fulgor. No fue así y el viaje a casa fue totalmente normal, hablamos un poco y pretendí que no oía nada de lo que decía. Quizá me dijo algo importante, tal vez en el futuro me lo intente recordar, pero al menos sé que no me importó por alguna razón. Luego una pausa inquieta, intentado despedirnos, ¿beso en la mejilla, en la boca, o en la aduana de la intriga? ¡Cómo saberlo!
Cuatro años más tarde, entonces las voces son distantes, yo queriendo renegarlo todo, olvidar hasta mi existencia y ella empeñada por revivirlo todo. Su rostro ahora de nodriza confesándose en cautela, disculpando las imprudencias y el olor de la carne tibia y por servir, las miradas susurrantes y eróticas, el cabello bajando sobre su hombro descubierto solo prefería pureza. El yo distante se puso como escudo, la guardia automática que surge como mecanismo instintivo, ese retazo de mi primitiva vida se alzó y redujo su timidez, hasta verla sometida en suelo. Entonces ella dijo algo, que yo había olvidado y el escudo se quebró, como acuario trizado explotó y los peces de mi interior murieron sin su hogar, me ahogué con el oxígeno del aire y ella solo asintió. Me autorizó a renacer, las palabras fueron de amor.